13.09.2013 10:04
Había un tipo que andaba por el mundo con un ladrillo en la mano. Había decidido que a cada
persona que lo molestara hasta hacerlo rabiar, le tiraría un ladrillazo.
Método un poco troglodita pero que parecía efectivo, ¿no?
Sucedió que se cruzó con un prepotente amigo que le contestó mal. Fiel a su designio, el tipo
agarró el ladrillo y se lo tiró.
No recuerdo si le pegó o no. Pero el caso es que después, al ir a buscar el ladrillo, esto le
pareció incómodo.
Decidió mejorar el “sistema de autopreservación a ladrillo”, como él lo llamaba:
Le ató al ladrillo un cordel de un metro y salió a la calle.
Esto permitiría que el ladrillo no se alejara demasiado. Pronto comprobó que el nuevo método
también tenía sus problemas.
Por un lado, la persona destinataria de su hostilidad debía estar a menos de un metro. Y por
otro, que después de arrojarlo, de todas maneras tenía que tomarse el trabajo de recoger el
hilo que además, muchas veces se ovillaba y anudaba.
El tipo inventó así el “Sistema Ladrillo III”:
El protagonista era siempre el mismo ladrillo, pero ahora en lugar de un cordel, le ató un
resorte..Ahora sí, pensó, el ladrillo podría ser lanzado una y otra vez pero solo, solito
regresaría.
Al salir a la calle y recibir la primera agresión, tiró el ladrillo.
Le erró... pero le erró al otro; porque al actuar el resorte, el ladrillo regresó y fue a dar justo en
su propia cabeza.
El segundo ladrillazo se lo pegó por medir mal la distancia.
El tercero, por arrojar el ladrillo fuera de tiempo.
El cuarto fue muy particular. En realidad, él mismo había decidido pegarle un ladrillazo a su
víctima y a la vez
también había decidido protegerla de su agresión.
Ese chichón fue enorme...
Nunca se supo si a raíz de los golpes o por alguna deformación de su ánimo, nunca llegó a
pegarle un ladrillazo a nadie.
Todos sus golpes fueron siempre para él.
—Este mecanismo se llama retroflexión y consiste básicamente en proteger al otro de mi
agresividad. Cada vez que lo hago, mi energía agresiva y hostil es detenida antes de que le
llegue al otro, por medio de una barrera que yo mismo pongo. Esta barrera no absorbe el
impacto, simplemente lo refleja; y toda esa bronca, ese fastidio, esa agresión me vuelve a mí
mismo. A veces con conductas reales de autoagresión (daños físicos, comida en exceso,
drogas, riesgos inútiles) otras veces con emociones o manifestaciones disimuladas (depresión,
culpa, somatización).
Es muy probable que un utópico ser humano “iluminado”, lúcido y sólido jamás se enojara.
Sería útil para nosotros no enojarnos. Sin embargo una vez que sentimos la bronca, la ira o el
fastidio, el único camino que los resuelve es sacarlos hacia fuera transformados en acción. De
lo contrario lo único que conseguimos, antes o después, es enojarnos con nosotros
mismos.